faltaba antes de que yo revisara la cuenta.
Fernanda lo había confesado a su madre esa misma noche.
—No fue por ayudar a tu hermana —dijo ella—. Fue por esconderlo.
Rodrigo se dejó caer en una silla y no pudo mirarme.
Después de la verdad
No hubo gritos. Hubo una conversación larga, con cuentas separadas, un plan para devolver cada peso a la cuenta de Alma, y la condición de que él pidiera perdón a su hermana por ocultar lo que había hecho y a mí por mentirme. Aceptó. Fernanda