unas horas de calma antes de otra noche inquieta.
Durante el embarazo había armado con cuidado un guardarropa para trabajar cómoda: pantalones de maternidad, leggings que no me apretaran, camisas holgadas, pijamas prácticas para amamantar. Compraba poco a poco: un pantalón un mes, un cárdigan el siguiente, un vestido cuando encontraba oferta. En total, casi treinta mil pesos. Lo sabía porque guardaba todos los recibos junto a mis papeles de incapacidad.
Entre esas compras había un vestido que adoraba: largo, de tela suave, con un cinturón delicado justo arriba de