Mi esposo regaló toda mi ropa de maternidad a su hermana y su mamá llegó con tres bolsas

unas horas de calma antes de otra noche inquieta.

Durante el embarazo había armado con cuidado un guardarropa para trabajar cómoda: pantalones de maternidad, leggings que no me apretaran, camisas holgadas, pijamas prácticas para amamantar. Compraba poco a poco: un pantalón un mes, un cárdigan el siguiente, un vestido cuando encontraba oferta. En total, casi treinta mil pesos. Lo sabía porque guardaba todos los recibos junto a mis papeles de incapacidad.

Entre esas compras había un vestido que adoraba: largo, de tela suave, con un cinturón delicado justo arriba de