acompañada.
Cambié las contraseñas de mis cuentas personales, guardé las copias de los documentos y dejé los originales bajo custodia de mi abogada. También solicité orientación al banco para reforzar la protección de los fondos y revisar cualquier autorización vinculada a Ricardo.
No iba a cometer el error de enfrentarme a ellos sin ayuda.
A las once y cuarenta y dos, recibí una llamada.
Era Valeria.
Su nombre apareció en la pantalla y sentí que el corazón se me detenía.
Contesté sin decir nada.
—Mariana —susurró ella—. Sé que me