se detuvo.
—Porque no era asunto tuyo.
—Era mi padre.
—Y era mi marido. Yo estuve ahí. Yo vi cómo aceptó dinero de esa gente.
—¿Y por eso los odiaste?
Ofelia dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.
—Tu padre siempre hablaba de ellos como si fueran santos. “Don Eusebio me ayudó.” “Doña Mercedes mandó comida.” ¿Y yo qué? Yo era la que le cambiaba las sábanas, la que no dormía, la que vendió sus aretes para completar una receta. Pero todos recordaban la ayuda de los