Mi madrastra me llevó a conocer a un hombre de una familia que llevaba años describiéndome como orgullosa y cruel, segura de que aquel matrimonio sería mi castigo. Decidí arruinar el encuentro fingiendo ser torpe, malhumorada y pésima para todo, pero él no se molestó: me miró y dijo que hacía tiempo nadie era tan sincero con él. 3 días después llegó una nota suya pidiendo permiso para visitarme, y ahora debía enfrentar el noviazgo que yo misma había intentado impedir.

se detuvo.

—Porque no era asunto tuyo.

—Era mi padre.

—Y era mi marido. Yo estuve ahí. Yo vi cómo aceptó dinero de esa gente.

—¿Y por eso los odiaste?

Ofelia dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.

—Tu padre siempre hablaba de ellos como si fueran santos. “Don Eusebio me ayudó.” “Doña Mercedes mandó comida.” ¿Y yo qué? Yo era la que le cambiaba las sábanas, la que no dormía, la que vendió sus aretes para completar una receta. Pero todos recordaban la ayuda de los