Robles.
Por primera vez entendí el origen de su rencor. No lo justificaba. Era orgullo herido, cansancio y la necesidad de no sentirse menos.
—Entonces preferiste hacerme creer que eran monstruos.
—Preferí que no les debieras nada.
—Yo no les debo mi vida, Ofelia. Y tampoco te la debo a ti.
Se quedó inmóvil.
Durante años había vivido como si quedarme en esa casa después de la muerte de mi padre me obligara a obedecerla para siempre. Esa mañana entendí que agradecer techo no significaba entregar mi voluntad.
Guardé el