sobre las piernas, repasando cada historia que Ofelia me había contado desde niña: “Los Robles son unos miserables”, “ayudan para presumir”, “tu padre jamás quiso deberles nada”. Yo había guardado esas frases como verdades.
Pero ahí estaba la letra de mi papá, incluso aquella E inclinada que yo conocía tan bien. Abajo, una anotación decía que el gasto quedaba cubierto y que no había deuda pendiente.
Al amanecer entré a la cocina. Ofelia estaba moliendo café.
—¿Por qué nunca me dijiste que los Robles ayudaron a mi papá?
El molino