Mi madrastra me llevó a conocer a un hombre de una familia que llevaba años describiéndome como orgullosa y cruel, segura de que aquel matrimonio sería mi castigo. Decidí arruinar el encuentro fingiendo ser torpe, malhumorada y pésima para todo, pero él no se molestó: me miró y dijo que hacía tiempo nadie era tan sincero con él. 3 días después llegó una nota suya pidiendo permiso para visitarme, y ahora debía enfrentar el noviazgo que yo misma había intentado impedir.

sobre las piernas, repasando cada historia que Ofelia me había contado desde niña: “Los Robles son unos miserables”, “ayudan para presumir”, “tu padre jamás quiso deberles nada”. Yo había guardado esas frases como verdades.

Pero ahí estaba la letra de mi papá, incluso aquella E inclinada que yo conocía tan bien. Abajo, una anotación decía que el gasto quedaba cubierto y que no había deuda pendiente.

Al amanecer entré a la cocina. Ofelia estaba moliendo café.

—¿Por qué nunca me dijiste que los Robles ayudaron a mi papá?

El molino