mí.
Una noche quiso reclamarme porque llegué tarde del taller. Puse mi pago sobre la mesa.
—Cumplo con mis gastos y aviso dónde estoy. Pero no voy a pedir permiso para vivir.
Me miró largo rato y siguió desgranando frijol.
Para mí, aquella pequeña victoria valió más que una gran discusión.
Meses después, doña Mercedes me enseñó una caja con papeles viejos de mi padre. Entre ellos había una carta que nunca terminó. Agradecía la ayuda recibida y pedía que, si algún día yo necesitaba una mano, no me hicieran