sentir menos por aceptarla.
Lloré al leerla.
Mi padre no había sentido vergüenza. Había sentido alivio.
La vergüenza había sido de Ofelia.
Y yo había heredado un miedo que no me pertenecía.
Cuando Tomás me propuso matrimonio, lo hizo en el mismo corredor donde confesé mis mentiras. Puso sobre la mesa una llave pequeña.
—Es de un cuarto junto a la bodega. Mi mamá dice que podrías poner ahí tu taller si quieres. Si no, no pasa nada. La llave sigue siendo tuya.
La tomé entre los dedos.
No era