Mi madrastra me llevó a conocer a un hombre de una familia que llevaba años describiéndome como orgullosa y cruel, segura de que aquel matrimonio sería mi castigo. Decidí arruinar el encuentro fingiendo ser torpe, malhumorada y pésima para todo, pero él no se molestó: me miró y dijo que hacía tiempo nadie era tan sincero con él. 3 días después llegó una nota suya pidiendo permiso para visitarme, y ahora debía enfrentar el noviazgo que yo misma había intentado impedir.

sentir menos por aceptarla.

Lloré al leerla.

Mi padre no había sentido vergüenza. Había sentido alivio.

La vergüenza había sido de Ofelia.

Y yo había heredado un miedo que no me pertenecía.

Cuando Tomás me propuso matrimonio, lo hizo en el mismo corredor donde confesé mis mentiras. Puso sobre la mesa una llave pequeña.

—Es de un cuarto junto a la bodega. Mi mamá dice que podrías poner ahí tu taller si quieres. Si no, no pasa nada. La llave sigue siendo tuya.

La tomé entre los dedos.

No era