Mi madrastra me llevó a conocer a un hombre de una familia que llevaba años describiéndome como orgullosa y cruel, segura de que aquel matrimonio sería mi castigo. Decidí arruinar el encuentro fingiendo ser torpe, malhumorada y pésima para todo, pero él no se molestó: me miró y dijo que hacía tiempo nadie era tan sincero con él. 3 días después llegó una nota suya pidiendo permiso para visitarme, y ahora debía enfrentar el noviazgo que yo misma había intentado impedir.

una promesa de riqueza. Era algo mejor: espacio.

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—¿Y la pregunta? —le dije.

Sonrió.

—¿Quieres construir una vida conmigo sin dejar de construir la tuya?

Dije que sí.

Nos casamos en el patio de la finca, con mesas largas, birria, arroz rojo y un trío que llegó desde San Miguel el Alto. Yo cosí parte de mi vestido y doña Mercedes terminó las mangas cuando mis manos ya no daban para más.

Ofelia asistió y se sentó en la última fila.

No lloró cuando me