una promesa de riqueza. Era algo mejor: espacio.
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—¿Y la pregunta? —le dije.
Sonrió.
—¿Quieres construir una vida conmigo sin dejar de construir la tuya?
Dije que sí.
Nos casamos en el patio de la finca, con mesas largas, birria, arroz rojo y un trío que llegó desde San Miguel el Alto. Yo cosí parte de mi vestido y doña Mercedes terminó las mangas cuando mis manos ya no daban para más.
Ofelia asistió y se sentó en la última fila.
No lloró cuando me