Mi madrastra me llevó a conocer a un hombre de una familia que llevaba años describiéndome como orgullosa y cruel, segura de que aquel matrimonio sería mi castigo. Decidí arruinar el encuentro fingiendo ser torpe, malhumorada y pésima para todo, pero él no se molestó: me miró y dijo que hacía tiempo nadie era tan sincero con él. 3 días después llegó una nota suya pidiendo permiso para visitarme, y ahora debía enfrentar el noviazgo que yo misma había intentado impedir.

vio caminar hacia Tomás. Al final, sólo se acercó para acomodar una orilla de mi velo que se había atorado en una silla.

—Te quedó bonito —dijo.

Fue todo.

Yo tampoco le pedí más.

Con el tiempo instalé mi taller en aquel cuarto. Empecé arreglando uniformes y vestidos de fiesta. Luego contraté a 2 muchachas del pueblo. Tomás nunca manejó mi dinero ni decidió a quién debía contratar. Yo tampoco me metí en cada asunto de la finca.

Aprendimos a acompañarnos sin convertir el cariño en una jaula.

Ya casada,