comprobé con mis propios ojos lo que antes sólo había oído. Don Eusebio comía en la misma mesa que los trabajadores cuando la jornada se alargaba; doña Mercedes apartaba frascos de medicina para una vecina enferma y nunca permitía que se anunciara quién los había pagado. No eran santos, ni pretendían serlo. Discutían, se equivocaban y cuidaban mucho sus cuentas. Pero la crueldad que Ofelia me había descrito simplemente no estaba allí. Esa certeza terminó de romper el miedo con el que yo había crecido.
La familia Robles siguió ayudando