Mi madrastra me llevó a conocer a un hombre de una familia que llevaba años describiéndome como orgullosa y cruel, segura de que aquel matrimonio sería mi castigo. Decidí arruinar el encuentro fingiendo ser torpe, malhumorada y pésima para todo, pero él no se molestó: me miró y dijo que hacía tiempo nadie era tan sincero con él. 3 días después llegó una nota suya pidiendo permiso para visitarme, y ahora debía enfrentar el noviazgo que yo misma había intentado impedir.

a la gente de la región. Yo procuraba que, cuando fuera posible, esa ayuda también abriera una puerta: material para estudiar, herramientas o trabajo pagado. Sabía demasiado bien lo que se siente cuando otros deciden tu destino “por tu bien”.

Ofelia volvió a la finca 2 años después. Llegó sin avisar y con la misma postura tiesa. Yo estaba cortando tela.

—Veo que ya eres una Robles —dijo.

Antes, esas palabras me habrían hecho encogerme.

Ese día seguí midiendo una manga.

—También sigo siendo Elena.

Miró hacia una repisa. Ahí