Mi madrastra me llevó a conocer a un hombre de una familia que llevaba años describiéndome como orgullosa y cruel, segura de que aquel matrimonio sería mi castigo. Decidí arruinar el encuentro fingiendo ser torpe, malhumorada y pésima para todo, pero él no se molestó: me miró y dijo que hacía tiempo nadie era tan sincero con él. 3 días después llegó una nota suya pidiendo permiso para visitarme, y ahora debía enfrentar el noviazgo que yo misma había intentado impedir.

a vender mis virtudes.

—Elena cose precioso, cocina de maravilla y es muy obediente.

—No es cierto —la interrumpí—. Se me quema hasta el agua. Y obediente, menos.

Mi madrastra casi se atragantó.

Yo seguí.

—También ronco. Me levanto de malas y no pienso pasarme la vida sirviendo café.

Doña Mercedes soltó una carcajada. Tomás bajó la mirada para esconder la sonrisa.

—Pues qué bueno —dijo—. Ya me cansé de que aquí todos vengan a decirme lo que creen que quiero oír.

Eso me desarmó.

Durante la merienda exageré torpezas,