a vender mis virtudes.
—Elena cose precioso, cocina de maravilla y es muy obediente.
—No es cierto —la interrumpí—. Se me quema hasta el agua. Y obediente, menos.
Mi madrastra casi se atragantó.
Yo seguí.
—También ronco. Me levanto de malas y no pienso pasarme la vida sirviendo café.
Doña Mercedes soltó una carcajada. Tomás bajó la mirada para esconder la sonrisa.
—Pues qué bueno —dijo—. Ya me cansé de que aquí todos vengan a decirme lo que creen que quiero oír.
Eso me desarmó.
Durante la merienda exageré torpezas,