Mi madrastra me llevó a conocer a un hombre de una familia que llevaba años describiéndome como orgullosa y cruel, segura de que aquel matrimonio sería mi castigo. Decidí arruinar el encuentro fingiendo ser torpe, malhumorada y pésima para todo, pero él no se molestó: me miró y dijo que hacía tiempo nadie era tan sincero con él. 3 días después llegó una nota suya pidiendo permiso para visitarme, y ahora debía enfrentar el noviazgo que yo misma había intentado impedir.

hablé demasiado y hasta fingí que se me resbalaba una taza. Tomás la alcanzó antes de que cayera y luego me sostuvo del codo.

—Con cuidado. Una cosa es querer caerme mal y otra romperse un brazo en el intento.

Lo miré, helada.

Yo no le había dicho a nadie que estaba intentando espantarlo.

Y cuando nos despedimos, Tomás me entregó el sombrero que yo había dejado sobre una silla y murmuró:

—No se preocupe, Elena. Si usted vino para que yo no la quisiera, creo que vamos a tener