hablé demasiado y hasta fingí que se me resbalaba una taza. Tomás la alcanzó antes de que cayera y luego me sostuvo del codo.
—Con cuidado. Una cosa es querer caerme mal y otra romperse un brazo en el intento.
Lo miré, helada.
Yo no le había dicho a nadie que estaba intentando espantarlo.
Y cuando nos despedimos, Tomás me entregó el sombrero que yo había dejado sobre una silla y murmuró:
—No se preocupe, Elena. Si usted vino para que yo no la quisiera, creo que vamos a tener