hay que invertir donde más conviene.
Me quedé sentada en el piso, con la carta de admisión sobre las piernas. No lloré. O quizás sí, pero tan bajito que ni yo misma quise escucharme. Abrí mi laptop vieja, la que se calentaba tanto que tenía que ponerle un cuaderno debajo, y empecé a buscar becas, empleos nocturnos, cuartos baratos cerca del campus.
En una libreta hice cuentas hasta las 3 de la mañana. Tenía 12,400 pesos ahorrados de vender postres, cuidar niños y ayudar en una papelería los fines