las firmas.
Antes de Fabián.
Antes de que Patricia comenzara a preparar mi salida.
Mi propio hijo había sido el primero en traicionarme.
Patricia recogió su bolsa.
—Ahora ya sabe que su hijito tampoco es un santo.
—Nunca dije que lo fuera —respondí—. Pero sus errores tampoco justifican lo que ustedes intentaron hacerme.
Se marchó sin despedirse.
Ricardo se cubrió el rostro con ambas manos.
—Mamá, me voy. No merezco vivir aquí.
Lo observé largamente.
Delante de mí tenía a un hombre de cuarenta y tres años que había perdido