Cuando te conocí, vendías tamales con una sonrisa que ni el cansancio podía borrar.
Siempre dijiste que algún día tendrías un negocio propio.
Yo sé que la vida te obligó a cuidar de todos antes que de ti.
Por eso compré nuevamente este lugar.
No quiero que pases tus últimos años esperando visitas ni pidiendo permiso para vivir.
Quiero que vuelvas a levantarte cada mañana con un sueño.
Y si Ricardo algún día se pierde, recuerda que puedes ofrecerle trabajo, pero jamás regalarle la confianza que todavía no ha recuperado».