Lloré abrazada a aquella carta.
Julián había muerto, pero seguía enseñándome a vivir.
Había también un sobre para Ricardo.
Mi hijo lo abrió junto al horno.
Lo vi sentarse lentamente en el suelo.
Después me contó una sola frase.
«Hijo, sabía de tus apuestas. Dejé la panadería protegida para tu madre porque amarte también significa impedir que destruyas lo único que todavía puede salvarte».
Ricardo lloró durante mucho tiempo.
Y aquella vez no intenté consolarlo con promesas.
Simplemente me senté a su lado.
Reabrir la panadería nos tomó varios meses.