—Suegrita, necesitamos que firme estos documentos de la sucesión de don Julián.
Ricardo ni siquiera levantó la mirada del teléfono.
—Firma de una vez, mamá. Son asuntos legales que no vas a entender.
Aquellas palabras me dolieron más que cualquier insulto.
Había criado a ese hombre vendiendo tamales afuera de una fábrica, limpiando casas y trabajando junto a mi esposo en una panadería. Y ahora él me trataba como si fuera incapaz de leer mi propio nombre.
—Ay, hijos, dejé mis lentes con el optometrista —respondí—. Mejor firmamos la próxima