semana.
Patricia apretó los labios.
Esa misma noche, Sofía entró a mi habitación y cerró la puerta.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Abuelita, necesito enseñarte algo. Pero prométeme que no vas a decir que fui yo.
Me mostró unas conversaciones que habían aparecido en la computadora familiar mientras instalaba un programa.
Reconocí el nombre de Patricia y el de un hombre llamado Fabián Meza.
Uno de los mensajes decía:
«Ricardo cree que recibirá una parte del dinero. Déjalo seguir creyendo».
El siguiente me heló la sangre.
«Ya pregunté por