quién había sido.
Mi hijo, Alejandro.
Mi único hijo.
El niño por el que recé después de dos pérdidas. El que cargué con fiebre a las tres de la mañana. El muchacho al que puse a lavar coches en la primera agencia para que entendiera que el apellido no daba derecho a nada.
Y el hombre al que le di un poder notarial cuando me operaron la cadera, porque pensé que la sangre todavía significaba lealtad.
Manejé directo a su casa en Lomas Verdes.
La camioneta alemana de Alejandro estaba