en la entrada. El Mercedes de Fernanda, mi nuera, también. Los dos pagados con descuentos de las agencias. La casa, las colegiaturas, los viajes a Cancún, hasta la cocina nueva de Fernanda… todo había salido de lo que Tomás y yo levantamos con años sin dormir.
Fernanda abrió la puerta en ropa de yoga, con uñas perfectas y una sonrisa fría.
“Ay, Beatriz. ¿No era mejor avisar?”
“Mis tarjetas no pasan. El banco dice que mis cuentas están bloqueadas. ¿Dónde está mi hijo?”
Ella bajó la mirada a su celular.