Mi hijo congeló todas mis tarjetas para que ni siquiera pudiera comprar comida… Pensó que ya controlaba nuestro imperio automotriz de 720 millones de pesos, hasta que una llamada del banco me reveló que él no tenía idea de quién seguía teniendo la última llave.

en la entrada. El Mercedes de Fernanda, mi nuera, también. Los dos pagados con descuentos de las agencias. La casa, las colegiaturas, los viajes a Cancún, hasta la cocina nueva de Fernanda… todo había salido de lo que Tomás y yo levantamos con años sin dormir.

Fernanda abrió la puerta en ropa de yoga, con uñas perfectas y una sonrisa fría.

“Ay, Beatriz. ¿No era mejor avisar?”

“Mis tarjetas no pasan. El banco dice que mis cuentas están bloqueadas. ¿Dónde está mi hijo?”

Ella bajó la mirada a su celular.