A los 56 años vi a mi esposo salir de un motel abrazando a mi nuera

con ventanas enormes y una terraza pequeña.

Daniel vino a cenar.

Trajo comida tailandesa.

—¿No vas a decir que la cocina nueva merece algo más elegante?

—Tengo cincuenta y siete años. Ya he cocinado suficiente.

Nos sentamos entre cajas.

Daniel levantó su vaso.

—Por las casas sin secretos.

Levanté el mío.

—Eso es imposible.

—Mamá.

—Todos tenemos secretos. Mejor: por las casas donde nadie usa los secretos como armas.

—Acepto.

Brindamos.

Después él miró alrededor.

—¿Te sientes sola?

La pregunta no me ofendió.

—A veces.

—¿Extrañas a papá?

Pensé.

—A