A los 56 años vi a mi esposo salir de un motel abrazando a mi nuera

de huéspedes de la empresa.

Tuve que cerrar los ojos.

La mañana de la boda, yo había ido a la habitación de Laura con un collar que había pertenecido a mi madre.

Le dije:

—Quiero que lo lleves. Algún día, si tienes una hija, puedes dárselo tú.

Laura había llorado.

Ahora me preguntaba si aquellas lágrimas habían sido culpa.

Miedo.

O simplemente emoción por el vestido.

—¿Dónde está ella ahora? —pregunté.

—En casa.

—¿Y tú?

—No puedo estar allí.

—Ven conmigo.

—No.

—Daniel.

—Necesito conducir un rato.

—No estás en