de huéspedes de la empresa.
Tuve que cerrar los ojos.
La mañana de la boda, yo había ido a la habitación de Laura con un collar que había pertenecido a mi madre.
Le dije:
—Quiero que lo lleves. Algún día, si tienes una hija, puedes dárselo tú.
Laura había llorado.
Ahora me preguntaba si aquellas lágrimas habían sido culpa.
Miedo.
O simplemente emoción por el vestido.
—¿Dónde está ella ahora? —pregunté.
—En casa.
—¿Y tú?
—No puedo estar allí.
—Ven conmigo.
—No.
—Daniel.
—Necesito conducir un rato.
—No estás en