me heló la espalda.
—¿Sobre qué?
—Valor de la empresa. Cómo funcionaba la propiedad. Qué pasaría con tus acciones si tú murieras.
No dije nada.
—Mamá.
—Estoy aquí.
—¿Crees que se casó conmigo por dinero?
Era una pregunta insoportable porque no existía una sola respuesta.
—Creo que tenemos que distinguir dos cosas —dije—. Puede haberte tenido cariño y aun así haberte utilizado. Una cosa no borra la otra.
—Eso es peor.
Quizá tenía razón.
Ricardo apareció en la oficina a las nueve de la mañana del tercer día.
Yo estaba