en una casa antigua de dos pisos que había heredado de sus padres.
Daniel y su hermana mayor, Patricia, lo visitaban cuando podían. Yo solía llevarle comida y ayudarlo con sus medicamentos.
Una tarde encontré a don Ernesto sentado frente a un plato de frijoles fríos.
—¿Por qué no ha comido, suegro?
Él miró la silla vacía frente a la suya.
—Porque comer solo todos los días termina quitándole a uno hasta el hambre.
Aquellas palabras me partieron el corazón.
Esa noche le propuse a Daniel que animáramos a su