estaba a punto de pasar a continuación…
Esos nueve días se armaron en mi cabeza como un rompecabezas grotesco, pieza por pieza. Mi mamá, mi hijo, mi vecina Doña Chole, y un estado de cuenta bancario me dieron las piezas. Y cada grieta del engaño era evidente.
Día uno. Sábado. La supuesta identificación. Esa noche, Diego regresó del anfiteatro con una bolsa de plástico negra con “mis” pertenencias. Unas botas que no eran mías, una chamarra ajena, una bolsa barata. Mi mamá abrió la bolsa y le dijo: “Diego, esta