Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

no es la bolsa de Vale. La de mi hija es azul marino”. Diego, sin inmutarse, le contestó: “Ay, suegra, todo se revolvió en el río. ¿Qué más da?”. Mi mamá insistió: “¿Y su anillo de matrimonio?”. Diego suspiró con fastidio: “Se le habrá salido con el agua, o se lo robaron. Ya déjelo así”. Mi mamá se calló, pensando que él hablaba desde el dolor. “Qué pendeja fui, mija, qué pendeja vieja”, me lloraba mi mamá tiempo después.

Día dos. Domingo. Diego llamó a la funeraria y dio una