no es la bolsa de Vale. La de mi hija es azul marino”. Diego, sin inmutarse, le contestó: “Ay, suegra, todo se revolvió en el río. ¿Qué más da?”. Mi mamá insistió: “¿Y su anillo de matrimonio?”. Diego suspiró con fastidio: “Se le habrá salido con el agua, o se lo robaron. Ya déjelo así”. Mi mamá se calló, pensando que él hablaba desde el dolor. “Qué pendeja fui, mija, qué pendeja vieja”, me lloraba mi mamá tiempo después.
Día dos. Domingo. Diego llamó a la funeraria y dio una