Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

orden clara: “El entierro es el miércoles”. Mi mamá le rogó: “Diego, tenemos que velarla bien, abrir el ataúd para despedirnos”. Él se negó rotundamente. “No lo vamos a abrir. El rostro quedó destrozado, no quiero que Mateo ni usted la recuerden así”. Mi madre, aterrada por la imagen mental, aceptó. Un ataúd sellado. Nadie me vio. Ni mi madre, ni Mateo, ni mi amiga Sofía que llegó corriendo desde su boda, con el vestido de novia manchado de lodo porque no tuvo tiempo de cambiarse. Nadie. Solo Diego. Ese