medio minuto de farsa.
Día tres. Miércoles. El entierro. Llovía. Diego, vestido con un abrigo negro impecable y usando mi bufanda color vino —la que yo misma le tejí para nuestro primer aniversario— lloró a gritos frente a todos los presentes. Se desplomó, sollozó amargamente, se aferró a la madera. Los vecinos murmuraban: “Pobre hombre, cuánto la amaba”. Dio un discurso que me sé de memoria porque tres personas me lo repitieron: “Valeria era un ser de luz. Valeria no querría vernos sufrir. Valeria querría que siguiéramos adelante. Recuérdenlo, hay