Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

medio minuto de farsa.

Día tres. Miércoles. El entierro. Llovía. Diego, vestido con un abrigo negro impecable y usando mi bufanda color vino —la que yo misma le tejí para nuestro primer aniversario— lloró a gritos frente a todos los presentes. Se desplomó, sollozó amargamente, se aferró a la madera. Los vecinos murmuraban: “Pobre hombre, cuánto la amaba”. Dio un discurso que me sé de memoria porque tres personas me lo repitieron: “Valeria era un ser de luz. Valeria no querría vernos sufrir. Valeria querría que siguiéramos adelante. Recuérdenlo, hay