Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

Río Lerma. Recuerdo las luces rojas traseras de un tráiler parpadeando a lo lejos, entre la neblina. Recuerdo el grito seco y desesperado del chofer. Y después, la nada.

Cuando volví a sentir algo, el frío era tan paralizante que sentía que los pulmones se me hacían pedazos. Agua, oscuridad total, desesperación. Pataleé con todas mis fuerzas, sin saber dónde estaba la superficie. El impacto me había arrojado por una de las ventanas rotas. Lo supe después, por la cantidad de cristales que tardaron tres días en sacarme del cuero