Río Lerma. Recuerdo las luces rojas traseras de un tráiler parpadeando a lo lejos, entre la neblina. Recuerdo el grito seco y desesperado del chofer. Y después, la nada.
Cuando volví a sentir algo, el frío era tan paralizante que sentía que los pulmones se me hacían pedazos. Agua, oscuridad total, desesperación. Pataleé con todas mis fuerzas, sin saber dónde estaba la superficie. El impacto me había arrojado por una de las ventanas rotas. Lo supe después, por la cantidad de cristales que tardaron tres días en sacarme del cuero