cabelludo. La corriente me arrastró, no sé por cuánto tiempo. Recuerdo que mi chamarra gruesa se enganchó en la rama de un árbol hundido y, de alguna forma, el aire atrapado en la tela me mantuvo a flote como un salvavidas improvisado. En mi mente, mientras tragaba agua turbia, solo repetía una palabra, un solo nombre: “Mateo, Mateo, no Diego”. Recuérdenlo bien. Yo misma no comprendí por qué pensé eso hasta mucho después.
Me encontraron unos pescadores. La mañana del sábado, tres kilómetros río abajo, encallada en un banco de