Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

cabelludo. La corriente me arrastró, no sé por cuánto tiempo. Recuerdo que mi chamarra gruesa se enganchó en la rama de un árbol hundido y, de alguna forma, el aire atrapado en la tela me mantuvo a flote como un salvavidas improvisado. En mi mente, mientras tragaba agua turbia, solo repetía una palabra, un solo nombre: “Mateo, Mateo, no Diego”. Recuérdenlo bien. Yo misma no comprendí por qué pensé eso hasta mucho después.

Me encontraron unos pescadores. La mañana del sábado, tres kilómetros río abajo, encallada en un banco de