una carpeta de piel. Eran las escrituras de mi departamento, a mi nombre (lo compré de soltera, él no era dueño de nada), y el acta de nacimiento de Mateo. Chole la escondió en su casa.
Esa misma madrugada, mi niño de 11 años, mi valiente Mateo, se saltó la barda del orfanato del DIF. Caminó once kilómetros a oscuras, guiándose solo con su memoria, hasta la casa de su tía abuela. Llegó a las cuatro de la mañana, en puros calcetines, porque le habían quitado los tenis para que