Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

no se fugara. Cuando mi mamá le abrió la puerta y lo vio con los pies sangrando, supo que algo andaba terriblemente mal.

Día nueve. Martes. Desperté.

Estaba en la clínica de San Marcos. Confundida. “¿Qué día es?”, le pregunté a la enfermera. “Martes 21”, me dijo. Llevaba ocho días inconsciente. El Doctor Ramírez me explicó la situación. “Señora, busqué en las noticias. Los seis muertos del camión ya fueron identificados y entregados. Usted legalmente no existe”.

Pedí un teléfono. Llamé a mi madre. El grito que pegó mi mamá