Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

NIP; yo se lo di “por si alguna emergencia”. En los estados de cuenta sale la hora y la dirección. Sabía que con el acta de defunción la cuenta se congelaría en cualquier momento, así que tenía prisa. Tenía prisa durante los nueve días enteros, como si supiera que se le acababa el tiempo.

Día ocho. Lunes. Diego sacó mis cosas a la calle en bolsas negras de basura. Mi ropa, mis fotos, los dibujos del kínder de Mateo. Doña Chole vio todo desde la ventana, bajó rápido y rescató