al escuchar mi voz casi rompe la bocina. Si tienen madre, saben cómo suena el alma desgarrándose cuando creen que estuviste muerta. Me lo contó todo. Paola, la bata de baño, los ahorros robados, la calle, los calcetines de Mateo. Todo.
Yo no lloré. Sentí una furia tan fría, tan densa, que me congeló las lágrimas.
—Mamá —le dije—, ¿a qué hora es la levantada de cruz, el novenario?
—A las tres de la tarde. En tu departamento. Diego invitó a todos los vecinos.
—Ve para allá. Llevas a Mateo.