Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

al escuchar mi voz casi rompe la bocina. Si tienen madre, saben cómo suena el alma desgarrándose cuando creen que estuviste muerta. Me lo contó todo. Paola, la bata de baño, los ahorros robados, la calle, los calcetines de Mateo. Todo.

Yo no lloré. Sentí una furia tan fría, tan densa, que me congeló las lágrimas.

—Mamá —le dije—, ¿a qué hora es la levantada de cruz, el novenario?

—A las tres de la tarde. En tu departamento. Diego invitó a todos los vecinos.

—Ve para allá. Llevas a Mateo.