Se sientan y no dicen absolutamente nada. No quiero que abran la boca.
—¡Vale, lo voy a matar con mis propias manos!
—No, mamá. Yo necesito que ese infeliz esté sentado en mi mesa cuando yo entre por la puerta.
Tenía que detenerlos, y lo que estaba a punto de desatar los dejaría helados… no creerían la cara que pondrían al verme. Tienes que leer la parte 3.
Ese mismo martes, llamé al Comandante Garza, el investigador a cargo de la tragedia del autobús, al número que me consiguió el