Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

Se sientan y no dicen absolutamente nada. No quiero que abran la boca.

—¡Vale, lo voy a matar con mis propias manos!

—No, mamá. Yo necesito que ese infeliz esté sentado en mi mesa cuando yo entre por la puerta.

Tenía que detenerlos, y lo que estaba a punto de desatar los dejaría helados… no creerían la cara que pondrían al verme. Tienes que leer la parte 3.

Ese mismo martes, llamé al Comandante Garza, el investigador a cargo de la tragedia del autobús, al número que me consiguió el