Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

doctor. Le expliqué todo, palabra por palabra. “Soy Valeria, estoy en su lista de muertos, renglón 4. Y quiero saber a quién demonios enterró mi marido con mi nombre”. Hubo un silencio sepulcral en la línea. “No se mueva, llego en dos horas”, respondió Garza con voz grave.

Firmé mi alta voluntaria. La enfermera me prestó unos tenis blancos que me quedaban dos tallas más grandes y me puse una bata de hospital gris, desgastada. Me metió un billete de 500 pesos en el bolsillo. “Por si necesitas donde dormir