Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

esta noche”, me dijo, mirándome con compasión. Aún guardo ese billete.

Garza llegó derrapando la patrulla. Venía acompañado de Don Ramón, el encargado de la morgue. “Lo traje”, me explicó Garza en el camino, “porque necesito que el hombre que validó esa identificación falsa le vea la cara al cínico que la hizo. Esto es para mí”. Viajé en la parte de atrás de la patrulla, apretando los dientes a cada bache por el dolor de mis costillas rotas, pero no me importó.

Llegamos a mi edificio a las 2: