esta noche”, me dijo, mirándome con compasión. Aún guardo ese billete.
Garza llegó derrapando la patrulla. Venía acompañado de Don Ramón, el encargado de la morgue. “Lo traje”, me explicó Garza en el camino, “porque necesito que el hombre que validó esa identificación falsa le vea la cara al cínico que la hizo. Esto es para mí”. Viajé en la parte de atrás de la patrulla, apretando los dientes a cada bache por el dolor de mis costillas rotas, pero no me importó.
Llegamos a mi edificio a las 2: