50 de la tarde. Afuera estaban estacionados los autos de mis familiares, de mi amiga Sofía, y la camioneta de Diego, con la maleta roja de Paola en el asiento trasero, lista para irse de viaje. Doña Chole estaba en la banqueta, nerviosa. Al verme con bata de hospital, tenis enormes y un vendaje en la cabeza, no gritó; se acercó corriendo y me puso en las manos la carpeta con las escrituras del departamento. “Te dije que los papeles no mienten”, me susurró.
Subimos por el elevador hasta el