Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

50 de la tarde. Afuera estaban estacionados los autos de mis familiares, de mi amiga Sofía, y la camioneta de Diego, con la maleta roja de Paola en el asiento trasero, lista para irse de viaje. Doña Chole estaba en la banqueta, nerviosa. Al verme con bata de hospital, tenis enormes y un vendaje en la cabeza, no gritó; se acercó corriendo y me puso en las manos la carpeta con las escrituras del departamento. “Te dije que los papeles no mienten”, me susurró.

Subimos por el elevador hasta el