piso siete. Garza y Don Ramón venían detrás de mí. Cuando las puertas se abrieron, escuché el murmullo de la gente y la voz de Diego. Tenía ese tono teatral y quebrado que usaba cuando quería dar lástima. La puerta del departamento estaba entreabierta.
“…Y quiero decir esto frente a todos”, estaba diciendo Diego. “Valeria era un ser de luz. No querría vernos llorar. Quiero agradecerte a ti, Paola, por apoyarme en estos días tan oscuros. Brindemos por ella”.
Empujé la puerta.
Habían juntado las mesas en la sala. Había