Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

arena. Don Chuy y su hijo Beto. Don Chuy me confesó más tarde que al principio pensó que yo era un cadáver más, una de tantas ahogadas, pero Beto, un niño de doce años, le gritó: “¡Apá, la señora está sacando vaporcito por la boca!”. Me subieron a la batea de su camioneta y manejaron a toda velocidad al hospital más cercano. No a la ciudad, que quedaba a horas de distancia, sino a la pequeña clínica de San Marcos. Llegué sin bolsa, sin identificaciones, sin celular, vestida solo con