Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

café de olla, tamales y pan dulce. Paola había encargado todo por aplicación, a ella no le gusta cocinar. Sobre el mueble de la sala estaba mi foto de bodas, recortada para que no se viera Diego, cruzada con un moño negro. Frente a mi foto, un vaso con agua y un pan duro. Mi ofrenda.

Conté a veintiún personas. Las vi en cámara lenta. Mis suegros, Sofía con los ojos hinchados de tanto llorar, los vecinos del quinto piso. Al fondo de la mesa, mi mamá estaba sentada, tiesa