como una tabla, con las manos entrelazadas y los ojos fijos en la puerta. A su lado, Mateo, mi niño, con otra chamarra ajena que le compró Doña Chole, también mirando la puerta. Mi mamá le había dicho la verdad. Y qué bueno.
Diego estaba en la cabecera de la mesa, levantando un vasito de tequila para el brindis falso, usando mi bufanda. A su lado, Paola, con un vestido verde que me costó carísimo; le quedaba grande del pecho y se lo había ajustado con un segurito por detrás.