Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

Al principio, nadie entendió. Entré pareciendo un fantasma andrajoso. Por dos segundos completos, la gente me miró como si fuera una vecina cualquiera que llegaba tarde. Diego, metido en su papel, bajó la vista hacia mí y alcanzó a decir: “Pásale, siéntate, apenas vamos a…”.

Y entonces, se dio cuenta.

El vaso de tequila no se le cayó. Se le quedó paralizado a medio camino de su boca. El líquido temblaba en el cristal, y eso era lo único que se movía en toda la sala. El color de su