piel pasó de pálido a un amarillo enfermizo. Era el rostro de un hombre que creyó cometer el crimen perfecto y de repente vio a su víctima de pie, reclamándole el alma.
Sofía fue la primera en gritar. No fue una palabra, fue un alarido desgarrador. La vecina del quinto soltó el plato de tamales, que se hizo añicos contra el piso. Se persignó temblando: “¡Ave María Purísima, Padre Santo!”. Y mi mamá se levantó lentamente. Miró a Diego y le dijo con un desprecio glacial: “Tú dijiste que la