enterraste. Lloraste en su tumba, desgraciado. ¿Entonces quién es ella?”.
Ahí sí, el vaso se le resbaló a Diego. Se hizo trizas.
Caminé hacia él. Sofía intentó abrazarme, pero no me detuve. Llegué hasta la cabecera de la mesa, me paré frente a él, con la ofrenda del novenario entre nosotros.
—¿A quién enterraste, Diego? —pregunté, con la voz tan tranquila que asustaba.
—¡Ella estaba en la morgue, me dijeron que era ella! —balbuceó, retrocediendo y chocando contra la pared.
—Mentira —tronó la voz de Don Ramón desde la entrada—.