Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

enterraste. Lloraste en su tumba, desgraciado. ¿Entonces quién es ella?”.

Ahí sí, el vaso se le resbaló a Diego. Se hizo trizas.

Caminé hacia él. Sofía intentó abrazarme, pero no me detuve. Llegué hasta la cabecera de la mesa, me paré frente a él, con la ofrenda del novenario entre nosotros.

—¿A quién enterraste, Diego? —pregunté, con la voz tan tranquila que asustaba.

—¡Ella estaba en la morgue, me dijeron que era ella! —balbuceó, retrocediendo y chocando contra la pared.

—Mentira —tronó la voz de Don Ramón desde la entrada—.