Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

la chamarra desgarrada y una bota.

En San Marcos me registraron como “Desconocida”. Hipotermia severa, traumatismo craneoencefálico, dos costillas rotas y, al tercer día, una neumonía fulminante. Estuve en coma profundo durante ocho días. El Doctor Ramírez, un médico joven, ojeroso y cansado, el único de guardia en todo el pabellón, reportó a la policía municipal el sábado al mediodía que tenía a una mujer sin identificar. La policía tomó el reporte, pero, como supe después, archivaron el papel en una carpeta y se olvidaron del asunto. ¿La razón? Ese