Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

contra mi pecho con la fuerza de un naufragio. Diego, desesperado, trató de justificarse con voz llorosa. “Valeria, Vale, fue el shock… estaba destrozado. Vi el cabello y mi dolor me cegó…”.

—¿Tu dolor? —lo interrumpí sin soltar a mi hijo—. Dolor es que te digan que alguien murió. Pero tú vaciaste mi cuenta en tres cajeros el sábado. Robaste 350 mil pesos. ¿Ese fue tu duelo? ¿Correr a mi madre el cuarto día? ¿Aventar a mi hijo al DIF el quinto día diciendo que no era tu obligación mantenerlo?