si parpadeaba, yo volvería a ser un fantasma.
—Mateo —le susurré—, soy yo. No estoy muerta. Tenías razón, mi amor, fuiste el único que tuvo la razón todo el tiempo.
Se levantó. Caminó despacio. Miró mis tenis grandes, el vendaje, y se detuvo a mirar la etiqueta de cartón que seguía amarrada a mi tobillo izquierdo.
—Mamá… en tu pie dice desconocida.
—Ya no, mi amor —le dije, arrodillándome a pesar del dolor de las costillas—. Ya no. Soy tuya.
Me abrazó. Mis huesos crujieron de dolor, pero lo apreté